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De lo que acontece cuando uno se enfrenta a los elementos (internos y externos)

Que el Atleti hace con frecuencia lo contrario de lo que debe y puede es algo indudable. Que alterna buenos partidos con partidos malos es algo incontestable; que alterna ratos de buen fútbol con ratos infumables también. Ayer tuvimos un buen ejemplo, y ya van demasiados.

Foto: diariodenavarra.com
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Si tuviéramos que elegir una profesión arriesgada, un trabajo en el que ser buen profesional fuera algo casi imposible y en el que la sombra del fracaso oscureciera toda carrera, diríamos “responsable de predecir el comportamiento del Atleti”. Podríamos llamar a unos científicos de esos con gafas y bata blanca y elaborar un complejo programa informático destinado a determinar con precisión qué pasará con el equipo, cómo jugará, qué posibilidades tiene de ganar. Aún así no sabríamos si fiarnos. Podríamos crear complejas bases de datos en las que incluir todas y cada una de las variables que se dan cita en los partidos del Atleti: la dirección del viento y la composición del sustrato del césped, las rachas de los jugadores propios y rivales, su alimentación e índice de masa corporal y materia gris, el estado de ánimo de la plantilla, el signo zodiacal de los socios, el árbol genealógico de los utilleros y el genoma del entrenador. Podríamos incluso incluir todos esos datos en un super ordenador, una máquina asombrosa que relegase al ajedrecista Deep Blue a hacer porcentajes simples y declaraciones de renta, hasta eso podríamos hacer.

El resultado ya se lo digo yo: analizadas todas las combinaciones, calculados todos los desvíos posibles de la lógica cartesiana, identificada la conclusión más probable entre setenta y siete mil millones de posibilidades y comparada ésta con el resultado real del partido, la supercomputadora emitiría un ruido de agotamiento y desesperación, echaría una nubecita de humo negro con olor a semiconductor chamuscado y en la pantalla diría que lo deja, que dimite, que con ella no cuenten. También diría que cuándo es el próximo partido, que si los científicos van a quedar a verlo, que le den un toque y que dónde puede comprar una bufanda rojiblanca tamaño superordenador, porque ya se habría hecho del Atleti así, sin querer. Pero esta es otra historia.
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Iba el Atleti a Zaragoza tras jugar un buen partido en casa contra el Barça y la lógica decía que las cosas tenían que ir bien, que el Zaragoza no estaba en buen momento a pesar de tener un buen equipo, que el dicho de entrenador nuevo victoria segura hacía tiempo que no se cumplía y que por lo importante de la fecha el Atleti tenía que echar el resto y lo haría. Sacaba el Atleti el equipo que queríamos ver tras el partido del Barça salvo a Camacho, a quien el entrenador prefirió dar minutos en el banquillo al parecer por su precario estado de forma tras una lesión reciente. Salió Very Cléber de salida, pero no parecía un problema mayor visto que los buenos estaban en el campo y la imagen que dio el equipo contra el Barça. Las cosas, en fin, no parecían pintar mal y uno, que ya está acostumbrado a las cosas del Atleti, se esperaba cualquier cosa pero en esta ocasión no iba abrigado con ese edredón de pesimismo que el equipo regala a sus lectores muchos lunes, como hacen ahora los periódicos que antes eran serios.

Y resulta que durante los primeros minutos del partido y hasta la primera media hora el Atleti jugó al fútbol y lo hizo bien, combinando con rapidez y llegando con potencia, superando al Zaragoza en el medio campo y creando ocasiones. Muy marcado Agüero tras la exhibición de la semana pasada, eran Forlán, Simao y Maxi, jugando más hacia el centro y por tanto más Maxi que pegado a una banda, quienes animaban el juego y ponían en apuros continuos al Zaragoza. El Atleti presionaba y jugaba adelantado y recuperaba balones, tanto gracias a los de arriba como a los medio centros. Y eso que Raúl García jugó ayer quizás uno de los partidos más flojos que le hemos visto en el Atleti, fuera de sitio, algo tarde a la hora de recuperar la posición y no muy preciso. Durante esos buenos minutos del Atleti Cléber jugaba más dinámico, más rápido y más adelantado de lo que acostumbra y entre todos conseguían que el Zaragoza jugara en voz bajita y dijera ay Dios mío y también verás tú hoy e incluso madre mía la que se nos puede venir encima. En estas Simao metió un golazo después de que Forlán y Maxi pudieran también marcar. El Atleti parecía un equipo de fútbol y el superordenador presumía de pronósticos, hasta ahora estaba clavando todas sus premoniciones y miraba a Deep Blue de reojo, como diciendo si cojo yo a Kasparov le hago jaque mate del tirón, petardo, si quiero le hago hasta el jaque pastor, bah, menudo soy yo.

Pero en el devenir atlético intervienen otros elementos, y quizás “elemento” sea una de las mejores maneras de llamarlo. Unos minutos después del gol entraría en juego el factor Pablo, ya saben, ese jugador que era bueno y ya no lo es y no sabemos bien por qué, porque si bien Pablo ha hecho cosas raras y ha perdido la concentración y ha perdido la confianza propia y de la grada, el cambio experimentado en su juego es digno de estudio en alguna universidad de prestigio. Antes del gol fatídico ya había obsequiado a toda España con un primer plano sonrojante, un lance fallido en una banda en la que convertía un balón facil de despejar en un monumento al desatino y la descoordinación corporal. Poco después se superaba despejando a gol con la pierna de apoyo un balón fácil de someter a un patadón según todos los cánones del catenaccio. Pero Pablo está gafado y todo lo que hace sale regular como mucho, y mucho nos tememos que el tema tiene poca solución en este equipo, y nos tememos también que si Pablo termina por irse a un equipo medio bueno puede que le reconviertan en un jugador aceptable, porque si sigue así puede llegar a tener serios problemas psicológicos.

Así que el resultado es uno a uno, qué cosas pasan, el ordenador mira entre sus circuitos y sus memorias para ver cómo es que no había previsto esto y pregunta a otros ordenadores amigos con los que veranea en Sylicon Valley junto con su familia y sus retoños-calculadora cómo es esto y qué he hecho mal. No hay explicación posible, estas cosas pasan y más al Atleti, eso le dice un viejo 486 al que el resto tienen cariño pero no hacen mucho caso porque tiene poca capacidad, es lento y casi ni arranca. Pero tiene razón el 486 y pocos minutos más tarde se lesiona de nuevo Valera. Sí, Valera, el que lo hizo bien contra el Barça y reclama continuidad y muestra potencia y concentración, Valera, el mismo, otra vez lesionado. Al filo del descanso sale Pernía, Mariano, y la afición y los ordenadores discuten si no sería mejor mandar a Perea al lateral y sacar a Zé Castro y unos opinan que sí y otros dicen que quitar a Perea del centro, con lo bien que está y lo que se multiplica para parar ataques rivales, viendo la descoordinación motriz de Pablo es un suicidio. Puede que unos tengan razón, puede que la tengan otros, pero lo que está claro es que la lesión de un lateral no puede ser un problema tan grande en un equipo grande, y esto lo sabe hasta un Commodore 64.

Empieza el segundo tiempo y sale el mismo Atleti pero es otro, sí señores, como lo oyen, el mismo Atleti es dos e incluso tres si me apuran, y pronto será estudiado en las facultades de teología como paso lógico hacia la comprensión del misterio de la Santísima Trinidad. Y no sólo el Atleti es dos, sino que su segunda invocación es otros dos en sí mismo, esto es, un total de dos y pico casi tres personas en unan, un prodigio ontológico que no alcanzan a entender más que algunos sabios alemanes y que nuestro amigo el ordenador de inmensa capacidad cognitiva no alcanza ni a sospechar. En el segundo tiempo sale un Atleti medroso, despistado, que se echa atrás unos metros. Raúl García no funciona y esto es un problema gordo porque, más retrasado, Very Cléber se convierte en poca cosa, en un jugador prescindible que juega para atrás, que no desface entuertos sino que los crea, en un tipo que ralentiza la salida del balón y delega la responsabilidad de buscar espacios en dos lumbreras del juego creativo como Perea y Pablo. Echado atrás el Atleti el balón simplemente no sale de su campo, no consigue llegar hasta los puntas y normalmente vuelve al equipo rival tras tres o cuatro toques. Maxi y Simao deben multiplicarse en defensa, que no es para lo que deberían servir, Forlán y Agüero se ven aislados y el segundo lucha contra los centrales, que gozan de patente de corso, mientras que el primero baja y baja en ayuda del medio campo, dejando huérfano al equipo de su potencial ofensivo. El Atleti es dos en sí mismo, los de delante y los de atrás, los que quieren ganar el partido y los que no saben cómo darle el balón a estos últimos. Visto lo visto es Forlán quien descongestiona el centro, quien recupera y se enseña, y cuando llega arriba a rematar lleva los mismos metros hechos que Higuero y Casado, a quien de paso felicitamos por su carrera de ayer aunque nos de rabia que al final no se hayan llevado dos medallas (pero tampoco vimos claro que el ganador se mereciera ser descalificado, que todo hay que decirlo).

A estas alturas se producen las primeras chispas a la altura del disco duro de nuestro ordenador favorito, a quien el 486 mira de reojo con cara de decir si ya lo sabía yo mientras que Deep Blue relee un libro sobre la apertura siciliana. El cambio en el comportamiento del equipo, por conocido no menos sorprendente, crea cortocircuitos y confusiones varias en las lógicas tripas del fenómeno informático y crea un cabreo considerable en las desesperadas mentes de la hinchada colchonera. Al Atleti se le escurre el partido entre los dedos, una vez más, otra vez más.

Para colmo de males, entra un nuevo elemento en escena, esta vez externo: el árbitro. Uno, ya lo saben, no es muy dado a echarle la culpa al empedrado, pero ayer el árbitro dejó de pitar dos penaltis en el área del Zaragoza, uno claro en el que Agüero es invitado a bailar agarrado cuando lo que él quería era rematar a gol, y uno más dudoso (por estar fuera del área) en el que Juanfran le pudo haber segado una pierna; pero el Kun saltó y esto le pareció intolerable a Juanfran, quien le afeó el gesto y le llamó malvado y desconsiderado y quién te crees tú que eres para saltar así cuando yo pretendo romperte una tibia. Ya sabemos que esto está muy bien visto, que el Kun metió hace dos años un gol con la mano al Recre y esto no puede quedar así. Es cierto que pudo el árbitro también amonestar a Perea, llevado en alguna ocasión por un ímpetu excesivo, quizás animado por su buen partido. Pero tras una pérdida de balón de Cléber que le retrató como futbolista, pitó el árbitro un penalti de Simao, con un retraso irritante pero con justicia. El Atleti perdía un partido que no debía perder, que no tenía que perder pero que no supo ganar. Si Agüero, Forlán (en un mano a mano que falló en contra de todos los pronósticos posibles) o hasta Reyes aciertan a meter un gol que parecía claro el Atleti hubiera sacado un punto pero ni eso. Nada.

Nada. Nada. Ni un punto en uno de los pocos desplazamientos asequibles que quedan, una derrota tras empezar ganando y jugando bien. El árbitro pudo influir en el resultado, pero el responsable directo del desatino es el equipo, jugadores y entrenador incluido. A estas alturas el Atleti debe saber que estas cosas le pasan, debe aprender a ganar partidos, a rematarlos, a competir. El Atleti se complica la vida solo y no resuelve problemas sencillos que están al alcance de un ábaco. Hay algunos buenos jugadores con ganas de ganar, pero hay demasiados errores colectivos e individuales por partido. Si a esto añadimos malos arbitrajes, que existen y están ahí aunque no sean excusa para nada, encontramos un buen montón de motivos para que el equipo no se permita errores de concentración, ni echarse atrás cuando juega bien y tiene una ventaja mínima, ni jugar en dos bloques sin conexión posible. Pero lo hace, y lo ha hecho muchas veces y no encuentra la solución al problema, por más que le ocurra y por más datos que metamos en ese ordenador desesperado que, tras ver al Atleti, sueña con ser un simple Spectrum.

URL de la noticia: http://elrojoyelblanco.blogspot.com/2008/03/de-lo-que-acontece-cuando-uno-se.html 

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