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El día de la vuelta a casa

El día de la vuelta a casa

Ayer se jugaba el Atleti entrar en Liga de Campeones. Y entró, y lo hizo por la puerta grande y con paso pinturero. Quizás gracias a un chaval argentino, quizás gracias a una grada entregada, quizás gracias a un equipo entero. Quizás, quizás, quizás.



Llegó la afición al partido y lo hizo llena de dudas: ¿pasará el equipo? ¿jugará bien? ¿tendrá razón el parte meteorológico y hará falta una rebeca? Las dudas eran generales y el ambiente era de gala, el atasco era histórico para estas alturas de agosto y la sensación de que algo gordo iba a pasar era clara y meridiana. Claro y meridiano fue también el calorazo con el que Madrid obsequió a hinchada y equipo rival, y claro y meridiano fue el triunfo del Atleti. Quizás fue exagerado, quizás demasiado abultado, quizásquizásquizás, pero el Atleti ganó con claridad y hoy se nota perfectamente quiénes son del Atleti en Madrid porque llegan a la oficina con churros para los compañeros y sonrisa de alivio y orgullo del de antes, y los camareros del Atleti hoy llaman joven a los señores mayores y a las señoras les llaman guapa.

Desde hace días la afición hablaba y se hacía una única pregunta: "bueno, entonces ¿qué?". Ni cómo vamos a quedar ni qué hará el Schalke ni qué hará el Atleti. "Bueno-entonces-qué" basta como fórmula para saber que nos están preguntando que qué pensamos del partido, que qué creemos que ocurrirá, que qué queremos que pase. Preguntaba el aficionado a sus correligionarios y no buscaba información, sino una palabra amable, un pronóstico positivo, un rayo de fe que le disipara las dudas. Porque antes del partido de ayer la afición, que acostumbra a dividirse entre optimistas y pesimistas, o entre ingenuos y cenizos, o entre los que dicen ya estamos con las tristezas y los que dicen ya estamos con las campanas al vuelo, era mayoritariamente pesimista (salvo uno que se fue a la playa). Eso al menos percibió el que suscribe, que iba preguntando a diestro y siniestro buscando el bálsamo que suele dispensar el optimista al escéptico; y es que a uno, que es tonto, le pasa que cuando escucha a alguien diciendo convencido que vamos a ganar y que esto está hecho le entra un alivio momentáneo que dura un segundo pero que le sienta la mar de bien.

Ayer no, ayer la gente era escéptica y no las tenía todas consigo y se lamentaba del partido de Alemania y levantaba mucho las cejas ante la noticia de que Maniche iba a ser pieza fundamental del equipo y que el Club fiaba todas sus cartas en el partido más importante de los últimos años al acierto de un chavalín aficionado a la cumbia. Quizás ahora la afición diga otra cosa cuando se le pregunte y diga que ya lo sabía yo y diga yo estaba seguro y diga yo se lo dije a mi cuñado pero no le pregunten porque no puede confirmarlo porque es sordomudo. Pero a todos y cada uno de los aficionados colchoneros a los que el que suscribe pidió consuelo disfrazado de opinión le dijeron que no sé yo, que me da a mi que la pifiamos, que ay Dios mío. Todos menos dos niños chicos entrevistados en un informativo a medio día, dos atléticos de no más de cuatro años que dijeron con rotundidad "cuatro cero" cuando les preguntaron por el resultado, dos churumbeles que en este preciso instante viajan hacia Harvard en clase business para participar en el simposio internacional "Pesimismo deportivo y Videncia: ¿quimera o realidad?". Para esos dos visionarios en pantalón corto va esta crónica, y con admiración alzamos por ellos nuestros petisuis.

La hinchada estaba al completo y por los alrededores del estadio se encontró el que suscribe con un muchos atléticos a los que hace tiempo que no veía, con la alegría que eso supone. Entró la hinchada en el Calderón antes de lo que acostumbra en los partidos de diario y lo hizo para verse a si misma vestida con galas de fiesta mayor. Raro era el aficionado que no llevaba algo rojiblanco y al que no llevaba nada le miraban los vecinos de asiento con extrañeza, pensando si era alemán a pesar de fumar ducados. La afición llevaba bufandas y llegó rápidamente a una conclusión: agosto no es buen momento para llevar prendas de lana, y menos en lugares muy concurridos.

- ¿Pero no llevó Vd bufanda de verano?
- Es que no tengo
- Ah, pues nada, nada, Vd mismo

Comenzó el partido tras un minuto de silencio sobrecogedor durante el cual la afición del Schalke, respetuosísima por cierto, al parecer sacó una gran pancarta de condolencia; ya saben, esas cosas que a algunos nos tocan hondo. El follón y el calor evitaron que la parroquia reparara en que López y Kiko homenajeaban al Kun, que también es algo que se podía haber hecho el domingo, digo yo. Pronto se vio que efectivamente el Schalke no era un equipazo, que efectivamente no era el ogro alemán de los cuentos y que especialmente por las bandas podría hacerse daño. Pronto se vio también que Maniche andaba más motivado que nunca hasta ahora en el Calderón, y que en el bando rojiblanco había un par de centrales que nada tienen que ver con lo que se venía viendo estos últimos años. Pronto se animó el Atleti y no había pasado mucho tiempo cuando Perea, sí, Perea se internó por la banda y puso un centro estupendo para que Forlán fusilara. Sin saber muy bien cómo ni por qué el balón volvió a Perea ante cierta pasividad de la defensa alemana, posiblemente confiada en su conocimiento estadístico del rival. Si algo estaba claro para la defensa del Schalke es que no es fácil que Perea haga un centro bueno, pero lo que es prácticamente imposible es que haga dos centros buenos consecutivos. Confiados, los alemanes se fiaron de sus bases de datos y sus cuadros sinópticos y de sus ingenieros con gafas y se quedaron quietos; Perea, azote de matemáticos, estadísticos y pensadores lógicos puso un segundo pase excelente a la cabeza del Kun, que picó al palo y metió gol a la vez que engrandecía un poco más su leyenda de jugador diferente. Uno cero, la eliminatoria igualada a los veinte minutos, miren Vds qué bien.

El Atleti, sin hacer un gran partido, dejaba cosas claras. O al menos una cosa clara: hay centrales. Hay uno que está siempre en el mejor sitio, que ayuda a sacar el balón, que se ofrece para sacarla en corto y puede sacarla en largo. Tiene el pelo rapado, los hombros cargados y bracea pidiendo ánimo a la afición como si viniera del Madrileño. Pero es que hay otro. Tiene el pelo largo y pinta y nombre de personaje de Conan. Si puede jugar juega, y si no, no se complica. Si le toca marcar a uno más alto le parece bien, y le quita los balones por arriba y se revuelve por abajo con la rabia de un aficionado. Si tiene que imponer colocación y sitio lo hace, si tiene que gruñir gruñe y si tiene que marcar su territorio lo hace a las primeras de cambio transmitiendo una impresión que hace tiempo que no teníamos por el Manzanares. La sensación que ambos transmiten al resto del equipo es que, este año sí, los compañeros descansan sobre una base sólida. Los medios miran ahora hacia adelante, los delanteros no bajan ya a recoger el balón en el lugar que corresponde ocupar a los medios, obligados a tapar agujeros cerca del punto de penalti. Aunque se vio algún despiste en el centro de la defensa, aunque los alemanes pudieron rematar con cierta facilidad en algún caso, la impresión que dieron ambos es que con ellos detrás las cosas serán mucho más fáciles que deletrear sus nombres: Ujfalinga, Heitalusi, tanto monta, monta tanto.

Se estiraron algo los alemanes, pero poco, y el Atleti lo hizo algo más. Tiró Simao al palo tras una buena jugada entre varios atacantes y Forlán lo intentaba sin la deslumbrante precisión del año pasado, pero ahí estaba. Hasta Leo Franco sacaba manos impensables hace unos meses, y Maniche, y menos Raúl García, parecían controlar a un Schalke que no parecía gran cosa. Pero en el ambiente flotaba lo que tenía que flotar: que íbamos uno cero y la cosa no estaba hecha, que con dos cero sí pero que un gol rival nos dejaba fuera, que quizás tocara sufrir más tarde. Y llegó el segundo en forma de golazo de Forlán, más alegre que nadie, consciente de que no todo le estaba saliendo como pensaba. Corrió Forlán sin camiseta con cara de que le había tocado la primitiva y la grada se venía abajo. Minuto cincuenta y pico, el Atleti clasificado, aún queda mucho pero esto tiene buena pinta.

Tras el gol el Atleti pareció sobrado en ataque durante unos minutos, con una combinación preciosa al primer toque entre Forlán y el Kun. El equipo daba una sensación sólida a pesar de un vice gol en propia meta de Perea, y hasta Pernía cortaba un ataque rival con la nalga izquierda: cuentan que las escuelas de Buenos Aires están hoy llenas de niños rematando a puerta de cúbito prono en un lance ya bautizado como la Marianinha. El Atleti parecía sin embargo empezar a perder fuelle, cedía la iniciativa y daba dos pasos atrás cuando el Schalke tenía el balón: nada nuevo, por desgracia, no es la primera vez que vemos al Atleti ceder metros y balón cuando está con un resultado a favor. Salió Forlán y entró un Luis García sin posición ni rumbo aparente, salió Maniche entre una ovación con sabor a chinchar a Aguirre y salió Assunçao para reforzar la media ante el empuje rival. Los alemanes achuchaban, también es cierto que no mucho, salió Assamoah para meter miedo a la defensa y en la grada nacía, sólido y conocido, el famoso runrún de los últimos minutos en el Calderón.

Pintaba mal el partido y en circunstancias normales, si un aficionado curtido en los asientos del Manzanares hubiera sido abducido en ese momento por una nave alienígena y hubiera preguntado al capitán secuestrador cómo había quedado el Atleti (que no duden que es lo primero que hubiera hecho al llegar a la nave nodriza) lo habría hecho sabiendo en lo más hondo que el Schalke había marcado, que el Atleti se había deshinchado, que llegó un final cruel tras muchos minutos de esperanza. El Atleti en muchas ocasiones ha hecho estos regalos amargos a la afición, por muy abrigada que vaya en Agosto. Pero ayer no fue así, y no lo fue porque el Atleti tiene, otra vez, un jugador distinto, un tipo al que estas cosas no doblegan, un chavalín que resuelve partidos con la misma sonrisa que se le intuye en un concierto de La Mona Jiménez.

Marcó Luis García un gol fácil que había fabricado solito Agüero, y marcó luego Maxi de penalti, al parecer en mejor forma que el año pasado, tras una jugada en la que también Agüero había llevado la voz cantante. En apariencia agotado al final del partido tras sus viajes y medallas y tras muchos minutos de pelear solo contra la defensa del Schalke, Kun seguía siendo la referencia del Atleti, el jugador al que el resto buscaba aún a riesgo de acabar con él con tanto balón en largo y tanta carrera suicida. Pero el Kun acepta esos envites con la alegría de un cadete y el compromiso de un general en jefe y el resultado es que casi él solito da la vuelta a una situación comprometida. El resultado lo saben ya: una goleada en un partido histórico, una grada feliz, Maradona dando saltos en el palco y un sorteo aterrador dentro de unas pocas horas; un sorteo que es una bendición y una alegría por mucho miedo que den los rivales.

El Atleti está en Champions, que es donde muchos creemos que debería estar siempre. Llega a Europa a alternar en restaurantes de lujo con los grandes, tras años de comer en bares de carretera y en máquinas dispensadoras. Llegan días preciosos en los que mantener el tipo y dar guerra y mirar a metas altas. Esperemos que el Atleti desempolve los trajes de sastre que gastaba antes y no caiga en la tentación de mostrar los aires de pueblerino antiguo recién llegado a la ciudad, mirando los rascacielos con la boca abierta, con los que se han empeñado últimamente en que nos identifiquemos. Porque oigan Vds, Señores, ahora, ahora toca disfrutar.

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