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Muchas de las cosas buenas que nos pasan, muchos de los días que recordaremos siempre, muchas de las historietas que contaremos a nuestros nietos no salen de la nada sino que ocurren gracias a que alguien se preocupa de organizar lo necesario. El viaje, el hotel, la entrada, la forma de llegar y salir, dónde comer, el horario del tren y la forma de llegar a la estación, todo ello requiere mimo y tiempo y energía para cuadrar las posibilidades. Todas estas cosas, empero, suelen ser leales al organizador y cumplen con su palabra a menos que pase algo gordo. Salvo sorpresa, el estadio está en la dirección que nos dieron, el hotel se llama como nos confirmaron y el restaurante en el que quedamos con los amigos efectivamente es un restaurante y no una tienda de efectos militares; estas últimas, aunque curiosas y poseedoras de un nombre algo anacrónico, son poco recomendables para merendar.
El problema suelen ser, curiosamente, los organizados; es llamativo que sean precisamente ellos, los beneficiados, los que mareen la perdiz. Algunos organizados esperan en casa a que otro les organice un día inolvidable y su única aportación a la tarea es decir que tal hora les viene fatal para salir, o que si puede venir un primo suyo que le cae muy mal al resto, o si hay manera de encontrar un restaurante especializado en comida para celíacos, colectivo al que no pertenece pero por el profesa un profundo sentido de la solidaridad. El organizador se desvive por cuadrar horarios y gustos e intereses, por acomodarse a las demandas de los que esperan y casi exigen una organización perfecta sin dar mucho a cambio, y a ello dedica mucho más tiempo, energía y berrinches de los que debería. Los organizados normalmente colaboran, que para eso están como reyes esperando que les hagan la vida más fácil. Pero no siempre es así: el organizado díscolo no quiere ni oír hablar de cambiar sus gustos ni de aceptar cambios o sacrificios y si además el día amanece nublado da a conocer su fobia a la niebla chascando la lengua y poniéndole mala cara al organizador, la cara que se le pone al que tiene poco tino a la hora de elegir días inolvidables, la cara que al organizador agotado le gustaría partir de un sopapo aunque luego, educado, se limite a suspirar y buscar la mirada cómplice de otros organizados más comprensivos, quizás por haber sido ellos mismos organizadores en un pasado cercano.
Para esos, que saben quién son, que han invertido buena parte de su tiempo y su esfuerzo y su energía en que el que suscribe pasara el martes un día inolvidable va dedicada esta crónica tan tonta y también una disculpa por no poder responder a su generosidad con un agradecimiento menos redicho.
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El partido. Hablar del partido a estas alturas quizás resulte poco útil. Todo el mundo vio lo que ocurrió, todo el mundo tiene ya una opinión. La opinión del que suscribe, que como saben es tonto, poco aporta pero ahí va. Al que suscribe, que vio el partido desde el ángulo contrario al del resto de la gente del Atleti desplazada a Anfield, le gustó el Atleti. Le pareció que no jugó especialmente bien ni con excesiva brillantez, pero sí con seriedad y contundencia, quizás como la ocasión requería. Al que suscribe le gustó Perea a pesar de una pifia de infantil, y le gustó especialmente cuando fue al corte y al choque y sobre todo de cabeza, donde se impuso en casi todas las ocasiones a los rivales, que no son mancos. Le gustó Antonio López, sobre todo cuando derrochó finura y calidad, en el control y el pase del gol y en algún otro control posterior. Le gustó el partido de Pernía, pero de este tema ya hablaremos, y le dejó preocupado Heitinga, excesivamente ausente para lo que se espera y demanda de él. De Leo Franco, que no estuvo mal, tampoco se atreve uno a decir lo bien que estuvo.
Al que suscribe le gustó menos el centro del campo, sobre todo el centro del centro, superpoblado pero con poca presencia para lo que se podía exigir. Assunçao aporta cuando tiene que actuar de central adelantado pero no tanto cuanto tiene que apoyar a la salida del balón; eso sí, tras releer las crónicas uno cae en la cuenta de que desde su perspectiva en numerosas ocasiones confundió a Perea y Assunçao porque tras el partido la aportación del segundo le pareció más limitada de lo que aquellos que vieron el partido por televisión o desde un mejor asiento dicen. Raúl García parece haber perdido confianza y también parece haber aprendido demasiado de Maniche, esto es, a complicarse poco y aportar lo justo; Maniche corta balones de mérito y luego pasa largos ratos ausente, como pensando con qué gorro saldrá en la próxima foto; Simao es Simao y yo últimamente no le veo muchas pegas, qué quieren que les diga, aunque no hiciera el partido más completo que le hayamos visto. Maxi marcó un buen gol con pausa y calidad, pero el resto del tiempo sigue siendo su propia sombra, un jugador en busca de si mismo que por ahora no tiene muchas pistas sobre dónde se quedó su don, un jugador por cierto al que le deseamos que encuentre pronto lo que busca, por su propio bien y por el del equipo. Forlán, muy sólo y muy silbado por su pasado en el Manchester United (al parecer en una ocasión marcó dos goles a los locales) también hizo lo que suele: pelear, desplegar juego, ayudar al resto, pelearse con la defensa, meter miedo y rezumar criterio. Aún así, no hizo el partido perfecto y quizás fue porque anduvo solo, más que solo a ratos, siempre rodeado de buenos centrocampistas y centrales rivales. De Kun diremos poco, únicamente que nos parece increíble que un jugador como el Kun no salga de inicio en un partido como el de Anfield.
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Anfield. Tenía uno muchas ganas de ver un partido en Anfield y si le hubieran preguntado a uno por alguna de las cosas que más ilusión le harían en la vida sería cantar un gol del Atleti desde The Kop. Y el martes lo hizo, gracias a un par de tipos con gafas y una señorita con gafas mucho más elegantes que si no se han dado por aludidos en el primer párrafo deberían hacerlo ahora. El que suscribe vio el partido desde la zona local, desde uno de los corners de The Kop, lejos de los suyos. Por extraño que le pueda parecer a alguno, se alegra infinitamente de haberlo hecho desde esa perspectiva.
De Anfield, que es feo por fuera pero bonito por dentro como los kiwis, ya habrán oído hablar bastante estos días. Que si es un estadio mítico, que si se respira fútbol, que si el arco en el que pone This is Anfield, que si The Kop. Esta admiración general puso nerviosos a algunos, partidarios de rebajar el nivel de azúcar en las relaciones entre las dos hinchadas hasta un nivel que no pusiera a la nuestra al borde del coma diabético. Tras lo vivido en Madrid y ahora tras lo vivido en Liverpool se suceden tanto las declaraciones de amor incondicional hacia los reds como las muestras de rechazo hacia una supuesta histeria de fan beatlemaníaco a todo lo que huela a LFC, que lleva a parte de la afición a echarle en cara a la otra media que no se comporten como quinceañeras y se hagan del Everton. Ambas posturas nos parecen bien, como no podría ser de otra manera; eso sí, los que intentamos evitar una concepción maniquea de todo lo que pasa nos limitamos a valorar nuestras propias experiencias, que en el caso del que suscribe no tienen mucho que ver con ninguna de las anteriores.
Desde la llegada a Liverpool uno notó en la gente algo que, como saben, se aprecia especialmente en estos textos: la educación. Educación espontánea y normal, de las de antes, de la que se encuentra poco ya. Los camareros de los pubs, los hinchas locales antes y después del partido, los tenderos del Everton, los taxistas y los pasajeros del autobús compartían en todo caso las ganas de ayudar, de agradar y de hacerle sentir cómodo al visitante, al menos al que suscribe. No hablamos de abrazos rompecostillas ni de regalos conmemorativos ni de invitaciones a pasar las próximas vacaciones con ellos en Playa del Inglés, sino de simple educación, de gracias y porfavores y desdeluegos y de ¿vienen Vds al fútbol verdad? si es así, este es su autobús, yo les avisaré de la parada, disfruten del partido y tengan un buen viaje de vuelta. Uno, que es un antiguo, vive estas cosas con la inocencia del que vive en un sitio donde esto ya no se estila y agradece especialmente esta concatenación de pequeños detalles que le hacen a uno sentirse cómodo y agradecido. Cómodo y agradecido, no menos cómodo que en otro sitio o menos agradecido de lo que ellos deberían sentirse. Cómodo y agradecido, muy cómodo y muy agradecido, sin comparaciones, tan cómodo y agradecido como en otros sitios también, sí, tanto como debería ser siempre, siempre.
Los alrededores de Anfield bullen antes del partido entre coches y colas en los pubs y el horroroso olor de los puestos ambulantes de hamburguesas y patatas fritas, pasos de la Cofradía Británica del Alto Colesterol. En los pubs cercanos, repletos de bufandas y fotos de los héroes locales, no hay quién entre y quien lo hace nota cómo se le empañan las gafas y se le nubla la vista por el malsano aire del interior. Cumplido el rito de la pinta previa, uno entra al estadio pasando antes por el memorial a las víctimas de Hillsborough, un rincón en silencio en medio del follón lleno de velas y papeles con oraciones en el que gusta ver que algún compañero de viaje ha dejado escudos del Atleti y alguna bufanda, el homenaje del que llega al aficionado local que lo está pasando mal, un detalle bonito, otro más..
Situado a la izquierda de The Kop, a uno le llama la atención la mezcla de gente de la grada. Gente de todo tipo, mayores y jóvenes, señoras con bolso y ancianos venerables, muchos indios y pakistaníes, quizás menos de otros grupos étnicos; hinchas locales con poco pelo, tipos en camiseta y otros muy abrigados, también alguno con los emblemas que adornan el Calderón. Gente normal, así, para abreviar, en una grada inmensa que llega desde el campo hasta el extremo más alto del estadio, una única grada gigantesca llena hasta los topes de gente que ve el partido en pie, sin sentarse, de pie por voluntad propia. Acabado el partido llama la atención la impresión que tiene el aficionado atlético, situado en el otro extremo del campo, tras la otra portería. Desde allí no se oye a The Kop, te dicen, sólo se nos ha oído a nosotros, menudo baño de animación les hemos dado.
Uno, que no concibe todo como una competición y no se para continuamente a pensar quién es mejor que quién sino que prefiere alegrarse de que haya tantas cosas distintas, cuenta lo que vivió: y lo que vivió es que The Kop canta y canta, canta al unísono y canta continuamente, canta fuerte como un trueno y entonado como un coro, canta muchas canciones distintas y complicadas, canta más que grita porque canta con mimo y con gusto. Cantan los niños y los enormes scousers en manga corta, cantan las señoras con bolso y los elegantes sikhs con su turbante, cantan cuidando cada canción, cantan todos y cuando cantan You´ll never walk alone hay que ser un tipo muy duro (de oído) para que no se le pongan a uno los pelos de punta.
Llama también la atención en la grada lo mismo que en la ciudad. El vecino de localidad te saluda al empezar y te da la mano al irse, comenta las jugadas y pregunta si lo has pasado bien. Cuando el que suscribe junto con otros tres o cuatro grita el gol de Maxi en medio de la grada rival, los de alrededor te miran tranquilos, y si hablas con ellos te dicen que celebres sin problema los goles de los tuyos, que para eso se viene al fútbol. Cuando el árbitro pita penalti y el Liverpool empata gritan gol como posesos, e inmediatamente después se giran y te dicen no fue penalti, qué malo es el árbitro, pensamos que el resultado fue justo pero no lo fue la forma en que se produjo. Antes preguntan por Luis García, alaban a Torres, se interesan por lo que ocurrió contra el Marsella y se asombran cuando les cuentas que el tío de Luquitas Leiva fue el ídolo de tu niñez. Saben de fútbol, saben de gradas, saben de seguir a su equipo y de representar a su afición en otros sitios. Hablan de respeto y de confianza, de hospitalidad y de agradecimiento. Te hablan de lo bien que lo pasaron cuando fueron a Madrid, te cuentan que hubo un partido entre aficionados en la víspera que acabó con paliza local y montones de pintas pagadas a medias, te cuentan las ganas que tenían de que vinieran los aficionados del Atleti para devolverles la hospitalidad e intentar que pasaran un buen rato. Y hablan, naturalmente, de Torres, y lo hacen con devoción, con la misma devoción con la que la ciudad está empapelada con su foto y se canta su canción y ondea en medio de The Kop una bandera con su imagen, junto con la de los grandes de su historia. Y ante tanta devoción se pregunta uno si aquí le tratamos igual en su momento, si no es normal que el Niño se encuentre tan a gusto en su sitio actual.
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Detalles. Dos últimos detalles que reseñar. El primero, la increíble ovación a Luis García nada más salir a calentar, tan asombrosa como el recibimiento unos minutos después cuando salta al campo, con todo el estadio de pie aplaudiendo los compases de esa canción que habla de su afición a la sangría. El segundo, la preciosa ovación al portero y equipo rival en el segundo tiempo, cuando se sitúan en la portería que queda bajo The Kop. Con cero a uno, con muchos problemas por delante, la afición local ovaciona al equipo rival que puede amargarles la noche, homenajean al los jugadores rivales, que se giran a aplaudirles con cara de no entender nada. El vecino de localidad te explica que siempre lo hacen, salvo al Everton y al Manchester United, y lo dice con una naturalidad que a uno le hace callarse un rato.
Estos detalles, junto con algún otro, le hacen a uno sentir una admiración sincera no ya hacia una afición concreta, sino hacia una forma de entender las cosas, las rivalidades, el deporte. Y es que uno, que es de escuela rugbística y chapado a la antigua, echa de menos que estas cosas no se vivan con más frecuencia. Y no cree que caiga en servilismos y ni histerias de quinceañera por apreciar en otros lo que nos falta a nosotros, o por responder con la caballerosidad de la que uno sea capaz a la caballerosidad de otros. Pero esto, ya lo saben Vds, no es fácil de explicar cuando estamos en casa. Y es una pena, oigan.
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